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¿Dónde estás?

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A mi abuelo

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Dime que eras tú

el polvo que, anoche,

bailaba en la verbena del olivar,

cuando las chicharras incautas,

ajenas a la desdicha

de estos brazos cabizbajos,

tocaban un pasodoble.

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Dime que eras tú

la tierra que abrigó

una simiente fría y débil,

que tus labios cerrados,

marchitos de vida,

se abrieron con el rojo

de una amapola,

y que tus sueños,

tantas veces rotos,

me ofrecían ahora

el elixir, aunque fugaz,

de un corazón de opio.

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Y dime que eras tú

la arena curtida

que el viento confidente

empujó a mi rostro,

porque sentí

a este mar de lágrimas

morir, al fin,

en tu más tierna orilla.

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Nocturno de celo

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La noche era oscura;

lo recuerdo bien.

El cielo de nuestras bocas

se llenó con la ausencia

de las palabras a flor de piel.

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Marchábamos en silencio

juntos pero separados

por la calle también oscura,

bajo la claridad burlona

de una maldita farola

que no era para nosotros.

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Doblablan nuestras pisadas

al son de los pasos graves

de la elegía de los tambores.

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Mis cabellos ahora lacios,

como este devenir liso de la vida,

eran entonces rizados,

como todo en aquellos días.

¿O acaso no lo era

el aliento que turbaba el aire

que respirábamos,

esa espiral de tirabuzones

ávida de enredar tu cuerpo

en mi seno?

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Al final de la cuesta

se fue aullando un beso

perdido con la lengua

entre las piernas,

pero en el eco de la calle,

esa que llamamos sin salida,

o de los recuerdos,

quedó el gemido roto

de dos gatos callejeros

que maúllan al pasado

aquellas noches de celo.

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Silencio


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La vida me ha roto los tímpanos

con muchos silencios.

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La llave de papá en la puerta

tus ojos de pánico

y tu grito de silencio.

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Luego, tus ojos morados,

ya no eran azules,

y tu grito, de nuevo

tu grito de silencio.

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Me he caído - decías.

Siempre te caías

a final de mes,

cuando subías

el volumen de la tele

y cerrabas la puerta.

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Incluso tus besos, tus caricias

de la mañana siguiente

que me hacían sentir tan bien

ahora entiendo que

escondían tu silencio.

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Y un día te fuiste con tu silencio.

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Llegó otro maldito silencio

el de mis lágrimas

como una procesión

de hormigas resignadas,

o el de los brazos

de condolencia

en mis hombros abatidos

de alma envejecida

y cuerpo de niño,

el silencio de tu perfume encerrado

en el frasco y en el recuerdo

o el de tus libros

ahora bajo el polvo

del que se avergüenza

de abrirlos.

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También lloré el silencio

de tu silla vacía,

el de mis besos sordos,

tristemente huecos,

el de mis manos sin tu rostro,

donde te hacía misico.

Y, por supuesto, el silencio

de decir “mamá”

y escuchar sólo el eco

de mi soledad.

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Cuando una puerta se cierra

este libro y tus besos

siempre se abren- decías.

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¿Sabes?

A veces sueño que estás aquí,

que todo fue distinto,

y me pregunto,

con mi cuerpo envejecido

y mi alma nostálgica de niño,

¿con qué palabras

me habrías hablado

si no hubiera existido

este silencio?

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La calle de mi infancia

Tu madre…

ay, hace ya tanto de eso…

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Tu madre era el asfalto

convertido en buena tierra.

Bajo sus árboles

mil y una canicas

de infinitos colores

florecían dicharacheras

tras el aleteo de mariposas

de unas manos pequeñas.

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Escuchaban sus paredes

el tic tac de los relojes

que marcaban la 1 y las 2,

ese tiempo ahora detenido

en los recuerdos

del almíbar más dulce.

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Eran esos días en que

la vida se pillaba

con una carrerilla

hasta tocar una camisa,

días lejanos, ahora de ensueño,

cuando salíamos del escondite

dando la cara no sólo por mí

sino por todos mis compañeros.

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Entonces… tu madre

nos abría los trancos

de esos portales siempre abiertos,

y, entre charla y charla,

mientras ojeábamos tebeos,

comíamos pipas

en las aceras.

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Bancos, niños y ancianos

en sus manos llenas,

donde leíamos

con trazos de tiza y de rayuela

lo que, una vez más,

al caer la tarde

nos traería un nuevo día.

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Era esa vida en que

todo nos iba sobre ruedas

en nuestras bicicletas.

Brotaban niños en tu madre

y besos en las parejas.

¿No era esa la auténtica primavera?

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Y ahora mírate y mírame.

Tú y yo hijos de la calle

y padres del asfalto rápido

que todo lo entierra.

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¿Dónde está tu madre?

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Siempre estaré contigo

Para mis hijos Fernando y Luis

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Si alguna vez alguien te dice

que yo ya no estoy aquí

y descubres que…

efectivamente, mis llaves

están en el segundo estante,

y mi letra no aparece

liberada en papeles doblados…

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Puede que tenga razón

y que yo ya no esté aquí.

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Quizás clames furioso al cielo

y me reproches que no esté contigo.

Porque escúchame mi niño…

Yo sé que a veces,

muchas veces, me equivoco.

Pero mamá, siempre, siempre,

cumple sus promesas.

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Y aunque no esté aquí,

y auque no te lo creas,

yo siempre estaré contigo.

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No me busques en el cielo.

Búscame en la tierra.

En estas palabras que,

desde lo más hondo,

yo, entregada, te escribo.

Y también en todas aquellas

que deseé tanto darte

pero no supe encontrar

en el abismo de los versos.

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Si alguna vez,

ves que ya no estoy aquí,

y echas de menos mis manos…

Búscame en el cortijo.

En el columpio que te empujaba

al verdadero cielo

que está en la tierra.

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Si crees que mi voz

ya no te acuna con dulzura,

ni te recita hermosos cuentos…

Búscame en la alberca.

Porque allí escucharás

el eco del recuerdo

de tantos y tantos juegos.

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O si estás triste

y necesitas que te bese,

como hago ahora,

una y otra vez…

Sube a las ruinas romanas.

Allí donde descansará

el polvo de mis huesos.

Y entrega tu piel

a la varita de la brisa,

que te traerá enamorada

la magia de mis besos.

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Porque escúchame mi niño…

Yo sé que a veces,

muchas veces, me equivoco.

Pero mamá, siempre, siempre,

cumple sus promesas.

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Tres añitos

Para mi hijo Luis en su tercer cumpeaños

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El mapa de mis días

está hecho a la escala

de tus sonrisas.

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Mis pasos…

hoy y mañana

se miden con el metro

que levantas del suelo.

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Con 1,2 y 3

gano la carrera hasta ti.

Mucha ilusión en la salida

y en la meta…

ay, yo no sé

todas las cosas buenas

que me esperan

en la meta.

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Qué bonita es la vida

cuando extiendo los brazos

y todo lo que necesito

está al alcance

de mis manos.

Como la noche y el día

Se hizo de noche en mi piel.

Paseabas. A veces en silencio

y, otras, entre jadeos

por la carrera de las medias rotas.

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Te abriste camino

en la vereda de mi blusa.

Y, allí…

con las estrellas brillantes

de tus ojos fugaces

salió la luna en mi pecho.

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Mengüante, cuando le tiraste

a sus picos puntiagudos

los primeros besos.

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Creciente, cuando la mirabas

con el hambre de tu boca

sobre el prado nocturno

de las sábanas que soñamos.

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Y subió la marea del deseo.

¿Lo notaste?

Por fin había luna llena

en el cielo de tus manos.

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Se hizo de día en mi cuerpo.

Tras el horizonte de mis pechos

salió radiante tu beso.

Y fueron tus labios

los que subieron insaciables

por sus laderas escarpadas

más turgentes que nunca

a la cima derretida

en caldo de deseo.

- Creí que tu padre lo había hecho desaparecer.

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- Compré otro.

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No pude evitar sorprenderme cuando, anoche, Inma hizo ese comentario al ver el libro en la mesa de mi salón. Efectivamente, mi padre lo había hecho desaparecer. Hace ya 16 años, casi 17.

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Volver a toparme con Los renglones torcidos de Dios ha sido reencontrarme con una parte de mi pasado que, hasta hace un tiempo, fue lo peor y lo mejor que me había pasado en la vida. Entre lo mejor, como alguno habrá imaginado, personas como Inma que desde entonces están ahí y sé que siempre lo estarán.

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Cuando yo tenía 16 años sufrí una fuerte depresión, lo que seguramente podría resultar sorprendente a aquellos que me conocen hoy día. En realidad, muy poca gente sabe de aquello y, en cuanto a los motivos… No vienen al caso, si es que en realidad los hubo.

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Precisamente, cuando estaba en la fase más aguda de aquella depresión, me regalaron por mi 17 cumpleaños Los renglones torcidos de Dios. Mi padre, con la mejor intención y dado mi estado en aquel momento, lo quitó de mi vista en cuanto descubrió la temática del libro que, para más INRI, tenía una protagonista que se llamaba igual que yo, Alicia. Pero tal fue la atracción que tenía el libro en mí que saqué uno de la biblioteca sin que él lo supiera. Me lo leí en un abrir y cerrar de ojos y recuerdo que me gustó mucho.

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No voy a entrar en el argumento para no fastidiarle la lectura a aquel que desee leerlo. Sólo me limitaré a decir que la protagonista, una mujer atractiva, muy inteligente y con una gran educación, ingresa en un hospital psiquiátrico supuestamente como enferma, a pesar de que ella mantiene que está totalmente cuerda.

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Hoy, tantos años después, descubro a ciencia cierta, lo que ya pensaba desde hacía tiempo… Los libros nacen, unas mejor y otras peor, pero somos nosotros los que los criamos. A veces, tienen poca sustancia, y nos llegan en un momento en que nos sentimos identificados con ellos y los acunamos como los mejores padres. Con cada página, vemos crecer nuestra criatura y llegamos a quererla, incluso a adorarla. En otras ocasiones, son muy buenos libros pero pasamos de ellos, no nos implicamos, no nos van sus balbuceos, sus primeras palabras ni las que nos darán después, no nos gusta su forma de ser… Y, en otras, las menos, somos realmente objetivos e, independientemente de la temática, que nos puede gustar más o menos, somos capaces de analizar el valor literario de una obra.

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Este segundo encuentro con el libro ha pasado la ITV, pero no me ha fascinado como entonces. Mi duda es cuál habría sido mi percepción si hoy, a los 33 años, con una vida de la que no me puedo quejar en absoluto, lo hubiera leído por primera vez. Hay un refrán por ahí que dice que “segundas partes nunca fueron buenas”. Por suerte y, aunque en la actualidad tengo predilección por una literatura que se detiene más en el detalle, las imágenes, las pequeñas cosas que hacen la vida grande, he de reconocer que sigo pensando que el libro tiene calidad. Cabe destacar ante todo las intervenciones de Alicia, su capacidad de respuesta, su lógica aplastante… Encontramos, por ejemplo, una disertación magnífica sobre el silencio donde nos convence de que este concepto como tal no existe. ¿O acaso, ahora, si lees esto en silencio, no te habla la mente cantidad de ideas ya sean negativas o positivas?

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Tal vez Alicia fuera la hebilla que Edgar Allan Poe pretendía abrochar al señalar que “La ciencia todavía no nos ha demostrado si la locura es o no la sublimación de la inteligencia.”

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Yo estuve allí

Con este poema pretendo reflejar lo importante que es para mí estar en los momentos, cruciales y no cruciales, de la vida de mis hijos. Normalmente, decimos “Yo estuve allí” para referirnos a un hecho de gran relevancia y, tal como lo veo, no hay nada más trascendental que compartir ese día a día con ellos.

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YO ESTUVE ALLÍ

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Tus primeras sonrisas

nacieron con el hambre

de los colores

que devoran el velo gris

de los días,

con la lluvia de la música

que acaba con el desierto

donde habita el silencio.

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Y… ¿sabes? Yo estuve allí.

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Tus primeros pasos

cortos, tambaleantes,

me llevaron segura

de mi vida a la tuya.

Fue como pasar de un túnel

a un prado de amapolas

de una acequia estrecha

a un caudaloso río.

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También, no lo dudes,

también estuve allí.

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Las palabras llegaron

a toda máquina

en el vagón rosado

de tu boca de vapor

y, desde entonces, escucho

como niña ilusionada

el sonido del tren

de tus más hermosos sintagmas.

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Sí, recuérdalo siempre.

Yo estuve allí.

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Y fue la otra tarde

con tus primeros pedaleos

cuando lo supe; la vida contigo

me va sobre ruedas

y no hay energía en el mundo

que me haga avanzar

como tus caricias cinéticas

o el combustible de tus besos

en cada estación del camino.

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Escúchame… ¡Yo estuve allí!

Antonio Machado

Llego tarde y, en la noche, me he pasado de día. Hoy me ha faltado ese campo, el agua y…

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La fuente de piedra
vertía su eterno
cristal de leyenda.

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Pero, sobre todo, me ha faltado escuchar a mis hijos cantar. ¿Qué habrán cantado? ¿También canciones ingenuas de un algo que pasa?

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Cantaban los niños
canciones ingenuas
de un algo que pasa
y que nunca llega:
la historia confusa
y clara la  pena.

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Y en cada mirada vespertina en la apatía de mis obligaciones de hoy, me he sentido como él, con su sueño de caminos, que también es mío…

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Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas! …

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Y me ha dado por leer, quizás por recordar:

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En el corazòn tenía
la espina de una pasiòn;
logré arrancármela un día,
ya no siento el corazòn

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¿Pero me recordará a mí así?

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El aura me ha traído
tu nombre en la mañana;
el eco de tus pasos
repite la montaña…
No te verán mis ojos;
¡mi corazòn te aguarda!

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