- Creí que tu padre lo había hecho desaparecer.
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- Compré otro.
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No pude evitar sorprenderme cuando, anoche, Inma hizo ese comentario al ver el libro en la mesa de mi salón. Efectivamente, mi padre lo había hecho desaparecer. Hace ya 16 años, casi 17.
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Volver a toparme con Los renglones torcidos de Dios ha sido reencontrarme con una parte de mi pasado que, hasta hace un tiempo, fue lo peor y lo mejor que me había pasado en la vida. Entre lo mejor, como alguno habrá imaginado, personas como Inma que desde entonces están ahí y sé que siempre lo estarán.
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Cuando yo tenía 16 años sufrí una fuerte depresión, lo que seguramente podría resultar sorprendente a aquellos que me conocen hoy día. En realidad, muy poca gente sabe de aquello y, en cuanto a los motivos… No vienen al caso, si es que en realidad los hubo.
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Precisamente, cuando estaba en la fase más aguda de aquella depresión, me regalaron por mi 17 cumpleaños Los renglones torcidos de Dios. Mi padre, con la mejor intención y dado mi estado en aquel momento, lo quitó de mi vista en cuanto descubrió la temática del libro que, para más INRI, tenía una protagonista que se llamaba igual que yo, Alicia. Pero tal fue la atracción que tenía el libro en mí que saqué uno de la biblioteca sin que él lo supiera. Me lo leí en un abrir y cerrar de ojos y recuerdo que me gustó mucho.
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No voy a entrar en el argumento para no fastidiarle la lectura a aquel que desee leerlo. Sólo me limitaré a decir que la protagonista, una mujer atractiva, muy inteligente y con una gran educación, ingresa en un hospital psiquiátrico supuestamente como enferma, a pesar de que ella mantiene que está totalmente cuerda.
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Hoy, tantos años después, descubro a ciencia cierta, lo que ya pensaba desde hacía tiempo… Los libros nacen, unas mejor y otras peor, pero somos nosotros los que los criamos. A veces, tienen poca sustancia, y nos llegan en un momento en que nos sentimos identificados con ellos y los acunamos como los mejores padres. Con cada página, vemos crecer nuestra criatura y llegamos a quererla, incluso a adorarla. En otras ocasiones, son muy buenos libros pero pasamos de ellos, no nos implicamos, no nos van sus balbuceos, sus primeras palabras ni las que nos darán después, no nos gusta su forma de ser… Y, en otras, las menos, somos realmente objetivos e, independientemente de la temática, que nos puede gustar más o menos, somos capaces de analizar el valor literario de una obra.
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Este segundo encuentro con el libro ha pasado la ITV, pero no me ha fascinado como entonces. Mi duda es cuál habría sido mi percepción si hoy, a los 33 años, con una vida de la que no me puedo quejar en absoluto, lo hubiera leído por primera vez. Hay un refrán por ahí que dice que “segundas partes nunca fueron buenas”. Por suerte y, aunque en la actualidad tengo predilección por una literatura que se detiene más en el detalle, las imágenes, las pequeñas cosas que hacen la vida grande, he de reconocer que sigo pensando que el libro tiene calidad. Cabe destacar ante todo las intervenciones de Alicia, su capacidad de respuesta, su lógica aplastante… Encontramos, por ejemplo, una disertación magnífica sobre el silencio donde nos convence de que este concepto como tal no existe. ¿O acaso, ahora, si lees esto en silencio, no te habla la mente cantidad de ideas ya sean negativas o positivas?
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Tal vez Alicia fuera la hebilla que Edgar Allan Poe pretendía abrochar al señalar que “La ciencia todavía no nos ha demostrado si la locura es o no la sublimación de la inteligencia.”
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